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Jeremiah 4

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vValera1602
1 SI te has de convertir, oh Israel, dice el SEÑOR, conviértete a mí; y si quitares de delante de mí tus abominaciones, no andarás de acá para allá.
2 Y jurarás, [diciendo], Vive el SEÑOR, con verdad, con juicio, y con justicia: y bendecirse han en él las naciones, y en él se gloria­rán.
3 Porque así dice el SEÑOR a [todo] varón de Judá y de Jerusalem: Haced barbecho para vosotros, y no sembréis sobre espinas.
4 Circuncidaos al SEÑOR, y quitad los prepucios de vuestro corazón, varones de Judá y moradores de Jerusalem; no sea que mi ira salga como fuego, y se encienda y no haya quien apa­gue, por la malicia de vuestras obras.
5 Denunciad en Judá, y haced oír en Jerusalem, y decid: Sonad trompeta en la tierra. Pregonad, juntad, y decid: Reuníos, y entré­monos en las ciudades fuertes.
6 Alzad bandera en Sión, juntaos, no os detengáis; porque yo hago venir mal del norte, y quebrantamiento grande.
7 El león sube de su guarida, y el destruidor de los gentiles ha partido; salido ha de su asiento para poner tu tierra en soledad; tus ciudades serán asoladas, y sin morador.
8 Por esto vestíos de cilicio, ende­chad y aullad; porque la ira del SEÑOR no se ha apartado de nosotros.
9 Y será en aquel día, dice el SEÑOR, que desfallecerá el corazón del rey, y el corazón de los príncipes, y los sacerdotes estarán atónitos, y se maravilla­rán los profetas.
10 Entonces dije yo: ¡Ah, Señor DIOS! verdaderamente en gran manera has engañado a este pue­blo y a Jerusalem, diciendo: Paz tendréis; pues que la espada ha venido hasta el alma.
11 En aquel tiempo se dirá de este pueblo y de Jerusalem: Viento seco de las alturas del desierto vino a la hija de mí pueblo, no para aventar, ni para limpiar.
12 Viento más vehemente que estos vendrá a mí: y ahora yo hablaré juicios con ellos.
13 He aquí que subirá como nube, y su carro como torbellino: más ligeros con sus caballos que las águilas. ¡Ay de nosotros, por­que dados somos a saco!
14 Lava de la malicia tu corazón, oh Jerusalem, para que seas salva. ¿Hasta cuándo dejarás estar en medio de ti los pensamientos de iniquidad?
15 Porque la [voz se oye] del que trae las nuevas desde Dan, y del que hace oír la calamidad desde el monte de Efraím.
16 Decid a las naciones: he aquí, haced oír sobre Jerusalem: Guardas vienen de tierra lejana, y darán su voz sobre las ciudades de Judá.
17 Como las guardas de las here­dades, estuvieron sobre ella en derredor, porque se rebeló contra mí, dice el SEÑOR.
18 Tu camino y tus obras te hicieron esto, ésta tu maldad: por lo cual amargura penetrará hasta tu corazón.
19 ¡Mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las telas de mi cora­zón: mi corazón ruge dentro de mí; no callaré; porque voz de trompeta has oído, oh alma mía, pregón de guerra.
20 Quebrantamiento sobre que­brantamiento es llamado; porque toda la tierra es destruída: en un punto son destruídas mis tiendas, en un momento mis cortinas.
21 ¿Hasta cuándo tengo de ver bandera, tengo de oír voz de trompeta?
22 Porque mi pueblo es necio; no me conocieron; ellos son hijos ignoran­tes y sin entendimiento; sabios para mal hacer, y para bien hacer no tienen conocimiento.
23 Miré la tierra, y he aquí que estaba sin forma y vacía; y los cielos, y no había en ellos luz.
24 Miré los montes, y he aquí que temblaban, y todos los colla­dos fueron destruídos.
25 Miré, y no parecía hombre, y todas las aves de los cielos se habían ido.
26 Miré, y he aquí el Carmelo desierto, y todas sus ciudades eran asoladas a la presencia del SEÑOR, a la presencia del furor de su ira.
27 Porque así dijo el SEÑOR: Toda la tierra será asolada; mas no haré consumación.
28 Por esto se enlutará la tierra, y los cielos arriba se oscurecerán, porque hablé, pensé, y no me arrepentí, ni me tornaré de ello.
29 Del estruendo de la gente de a caballo y de los flecheros huyó toda la ciudad; entráronse en las espesuras de los bosques, y subiéronse en peñascos; todas las ciudades fueron desamparadas, y no quedó en ellas morador algu­no.
30 Y tú, destruída, ¿qué harás? Bien que te vistas de carmesí, aun­que te adornes con atavíos de oro, aunque pintes con antimo­nio tus ojos, en vano te engala­nas; menospreciáronte los ama­dores, buscarán tu alma.
31 Porque voz oí como de mujer que está de parto, angustia como de primeriza; voz de la hija de Sión que lamenta y extiende sus manos, [diciendo]: ¡Ay ahora de mí! que mi alma desmaya a causa de los matadores.