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1 Al volver a casa, me fueron restituidos mi esposa Ana y mi hijo Tobías. En la fiesta de Pentecostés, que es la fiesta sagrada de las siete semanas, me prepararon una buena cena, y me senté a comer.2 Vi abundancia de manjares, y le dije a mi hijo: «Ve y trae a cualquier pobre de nuestros parientes que encuentres, que sea fiel al Señor. Mira, aquí te espero».3 Entonces él regresó, y dijo: «Padre, uno de nuestra raza ha sido estrangulado, y lo han arrojado a la plaza del mercado».4 Antes de haber probado bocado, me levanté de un salto y lo llevé a un aposento hasta que se puso el sol.5 Luego regresé, me lavé, comí mi pan con pesadumbre,6 y recordé la profecía de Amós, cuando dijo: «Vuestras fiestas se convertirán en luto, y todo vuestro regocijo en lamentación».7 Así que lloré; y cuando el sol se puso, fui, cavé una fosa y lo enterré.8 Mis vecinos se burlaban de mí, y decían: «Ya no tiene miedo de que lo maten por este asunto; y sin embargo huyó. Mirad, vuelve a enterrar a los muertos».9 Esa misma noche, después de enterrarlo, regresé y dormí junto al muro de mi patio, estando impuro; y tenía el rostro descubierto.10 Yo no sabía que había gorriones en el muro. Tenía los ojos abiertos y los gorriones dejaron caer estiércol caliente en mis ojos, y me salieron manchas blancas en los ojos. Fui a los médicos, y no me ayudaron; pero Ajicar me sustentó, hasta que fui a Elimaida.11 Mi esposa Ana tejía telas en los aposentos de las mujeres,12 y enviaba el trabajo a los dueños. Ellos, por su parte, le pagaban su salario, y también le dieron un cabrito.13 Pero cuando el animal llegó a mi casa, empezó a balar, y yo le dije: «¿De dónde ha salido este cabrito? ¿Es robado? Devuélveselo a sus dueños; porque no es lícito comer nada robado».14 Pero ella dijo: «Me lo han dado como regalo, además de mi salario». Yo no la creí, y le pedí que lo devolviera a los dueños; y me avergonzaba de ella. Pero ella me respondió diciendo: «¿Dónde están tus limosnas y tus obras justas? Mira, tú y todas tus obras son conocidas».